“Primera vez que me tomo el café de mi finca”

Crónicas de nuestra visita a Jardín

Por: Paulina Mondragón Arbeláez

Hace unos meses, gran parte del equipo de Creador Café y unos amigos visitantes de Brasil estuvimos visitando la hermosa finca de Mario Taborda Murillo, nuestro caficultor por excelencia.

Primera parte  -13 no son tantos-

Nuestra travesía empezó el sábado 27 de Mayo a las 6 en punto de la mañana (si, ¡en punto!),  hora en la que salimos desde Creador Café hacia Jardín. Muertos de sueño y un poco tímidos por que algunos ni nos conocíamos; desayunamos granizado de café y muffins dulces, combinación perfecta de azúcar para darnos energía y empezar el día.

Al llegar al pueblo, visitamos rápidamente los lugares emblemáticos, comimos mamoncillo, tomamos cafecito en el atrio e hicimos toda una sesión fotográfica al pueblo que se lo merece; intentamos montar en garrucha, fuimos a la tienda de los dulces y logramos  resumir en 3 horas el pueblo mágico del que personalmente soy fan número 1.

Luego de un rato, y de estar ansiosos por ver los cafetales y la finca, seguimos nuestro camino adentrándonos en las profundidades de la vereda, unos a bordo de un moto ratón que sin duda es toda una experiencia propia de Jardín y otros no tan afortunados (el viaje en moto ratón el genial) en la camioneta en la que habíamos llegado. Después de unos 20 minutos de camino, llegamos a una entrada empinada y empantanada, desde ahí se alcanzaba a ver la inmensidad del sembrado de café que tenía Mario y a respirar el aire tan puro que solo en la montaña se puede aspirar.

Embelesados con tanta belleza, nos bajamos con un entusiasmo hasta raro, el mismo que nos duró 3 segundos después de que en un instante nos comieran literalmente los mini zancudos propios de las cafetales, que muerden arbitrariamente y dejan una roncha gigante que rasca más que quién sabe que; el calor era infernal y todos estábamos de chaqueta cerrada hasta el cuello, manos en los bolsillos y rogando al cielo que estos berracos no nos picaran la cara,  todo por que ninguno, nótese nuestra experiencia con el agro, habíamos acatado llevar repelente.

Logramos bajar por la empinada montaña hasta llegar a una casa amarillo pálido, humilde pero hermosa, llena de materas florecidas y una familia particularmente cálida que nos abrió las puertas de su hogar desde el momento que anunciamos nuestro viaje. Éramos 13 personas las que llegábamos a la casa de Diana y Mario; y aunque suene muchos (lo éramos) no pudimos sentirnos mejor atendidos y más bienvenido en alguna otra parte.

Descargamos nuestro muy aparatoso equipaje, y elegimos puesto para almorzar, el comedor era pequeño y no más cómodo que los muros, las hamacas y las bancas de madera ubicadas en el pasto y donde caía un rayito de sol coqueto perfecto para una sesión desprevenida de fotos. Nos dispusimos a disfrutar del manjar que Diana nos había preparado (un sazonado sancocho con aguacate y jugo de lulo) mientras intentábamos comunicarnos con los brasileños con un portuñol que sonaba horrible pero que al fin y al cabo nos servía para entendernos a la perfección.

Solo estaríamos dos días en Jardín y queríamos hacer mil cosas, por lo que nuestro cronograma era bastante apretado y fríamente calculado. El siguiente ítem de nuestra lista era adentrarnos aun más en la montaña y visitar la segunda finca de Mario donde se podía observar con primor la magnificencia de las montañas paisas.

 

Aunque no lo crean, nos acomodamos 8 personas en una camioneta pequeña, íbamos cual cigarrillos empacados, incómodos pero muy emocionados, porque “todo hace parte del paseo”, la compañía estaba chévere y el día particularmente hermoso; el trayecto duró uno 40 minutos, y no crean que era una carretera de autopista pavimentada y recta, pura trocha, piedras y curvas que hacían del recorrido toda una actividad extrema.

Continuará

El próximo jueves estará disponible en nuestro blog la segunda parte de nuestra crónica; no se la pierdan -Stay tuned-